jueves, 22 de septiembre de 2016

Conociendo a Dios | RPH 3882

por Cornelio Rivera


La única manera de conocer bien a una persona es estableciendo una relación cercana y continua con ella. Cuando conoces a alguien por primera vez, cierta percepción se forma en tu mente. ¿Amable, inteligente, bien preparado, con experiencia, con habilidades? O quizás sea todo lo contrario. ¿Pedante, falto de entendimiento, ignorante, sin preparación, torpe? Pero estas son únicamente las primeras impresiones, la realidad puede ser totalmente diferente. Esa primera impresión, buena o mala, se queda contigo a menos que comiences a tratar a tal persona y desarrollar una relación con ella.

 Graves son los problemas que pueden resultar cuando dos personas que recién se conocen, concluyen que ha sido cuestión de “amor a primera vista” y al poco tiempo o casi de inmediato, se casan. En el momento puedes pensar que ella es una princesa y él, desde luego, el príncipe azul. El noviazgo es un tiempo para conocerse mejor, y quizás sea durante ese tiempo que te das cuenta de las faltas de la princesa y de los defectos del príncipe. No es sino hasta después de cierto tiempo, que la primera impresión que percibiste, o se confirma o se destruye, o como es en la mayoría de los casos, en alguna forma se modifica. Para conocer a alguien verdaderamente, necesitas una continua y cercana relación. 

Por tres años los discípulos de Jesús estuvieron con Él, escucharon sus palabras, le vieron realizar milagros, y más importante para ellos, establecieron una íntima relación con Él. Todo comenzó cuando inicialmente le vieron y le escucharon, y creyendo que Él era el Mesías que realizaría el plan de Dios para los hombres, le siguieron. Entonces, comenzó esa relación, y la primera impresión que tuvieron de Él les fue confirmada y amplificada. Les dijo Jesús: "Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto" (Jn. 14:7). En otras palabras, establecer una relación con Jesucristo y conocerle es conocer también a Dios Padre. ¿Has dado el paso inicial para iniciar una íntima relación con Jesús y genuinamente conocerle, y así conocer a Dios?




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miércoles, 6 de julio de 2016

Capacitación | RPH 3879

por Cornelio Rivera


Tú no puedes hacer aquello para lo que no has sido capacitado. La música es un medio de comunicación universal, y creo que a todos nos gusta algún tipo de música. Al escuchar la conmovedora ejecución de una pieza musical, quisiera poder hacer lo mismo. Duplicar la virtud del instrumentista, imitar la voz que con acertada emoción comunica el sentido de la composición. Pero, tengo el problema que aunque me guste la música, aunque me dé gran placer escucharla y mi espíritu se conmueva con lo que escucho, aunque pueda seguir con mi mente el fluir de la melodía y reconocer los diferentes instrumentos, yo no puedo sentarme al piano o tomar el violín, la guitarra o la trompeta, y reproducir lo que he escuchado. No puedo hacerlo porque no he sido capacitado para ello.

Al aproximarse su arresto y crucifixión, Jesucristo culminó su enseñanza acerca de aquello para lo que había estado capacitando a sus discípulos. Reunidos para la cena, Jesús se ciñó una toalla y comenzó a lavarles los pies (Jn. 13: 4-5). Esto se acostumbraba con los invitados a una casa, era una muestra de cortesía, de etiqueta, de ser un buen anfitrión, pero algo generalmente asignado a un siervo o esclavo. Jesús se adjudicó la tarea para capacitar a sus discípulos en algo que ellos también habrían de hacer. Les dijo: “Si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies…  Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. Pues el siervo no es mayor que su señor" (Jn. 13: 12b-16). 

Aquello fue una capacitación en humildad y servicio, estas son virtudes que aprobamos como buenas y admirables, pero que no son naturales en nosotros, y que se nos hace necesario adquirir recibiendo la capacitación adecuada. Quizás tú no has sido entrenado en música, y sabes que hay muchas otras cosas para las que jamás recibirás capacitación. Sin embargo, Jesucristo puede enseñarte humildad y servicio. Los discípulos creyeron en Jesús, se sometieron a Él, y anduvieron con Él para recibir el entrenamiento necesario: servirle a Él y al prójimo con humildad. ¿Te estás sometiendo a esa capacitación?



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martes, 31 de mayo de 2016

Hijo rechazado, padre ofendido | RPH 3878

por Cornelio Rivera


Ningún padre o madre ignora cuando otros golpean, ofenden o rechazan a sus hijos. ¿Te quedas callado cuando día tras día, tu pequeño llega a casa llorando porque en la escuela le han dado golpes? ¿Qué pasa si tu niño tiene algún impedimento y los demás se burlan de él? ¿Qué padre o madre no se molesta cuando los demás alumnos son invitados a la fiesta de un compañerito, excepto su hijo? 

Aún ya crecidos, lo que les pasa a nuestros hijos, sea positivo o negativo, nos afecta. Si algo bueno, nos gozamos, celebramos y nos llenamos de satisfacción. Si algo malo, nos preocupamos, lloramos, experimentamos su pena en nosotros mismos. Los hijos son una extensión de nuestra propia persona, el buen padre que ama a sus hijos, se identifica con ellos en todo. Más que el apellido, el vínculo se extiende a nuestro propio ser, lo que afecta a mis hijos, de alguna forma me toca a mí también.

Se cuenta que “Un hombre plantó una viña, la arrendó a labradores, y se ausentó por mucho tiempo. Envió un siervo a los labradores, para que le diesen del fruto de la viña; pero… le golpearon, y le enviaron con las manos vacías. Envió a otro siervo; y… también, le golpearon y afrentaron… Envió… un tercer siervo; e igual, le echaron fuera, herido. Entonces el dueño de la viña dijo: Enviaré a mi hijo amado; quizás… a él, le tendrán respeto. Más los labradores… discutían entre sí, diciendo: este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra. Y le echaron fuera… y le mataron. ¿Qué, pues, les hará el señor de la viña? Vendrá y destruirá a estos labradores, y dará su viña a otros” (Lc. 20:9-16). Estas palabras enseñó Jesús acerca de su Padre, el dueño de la viña, de los profetas, los siervos enviados, y de sí mismo, el Hijo amado, despreciado y matado.

Ningún padre ignora el rechazo o el maltrato de su hijo. No lo haces tú, no lo hago yo, y puedes estar seguro, que tampoco lo hace Dios. ¿Cómo tratas tú a Su Hijo?



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lunes, 2 de mayo de 2016

Más tarde puede ser muy tarde | RPH 3875

por Cornelio Rivera


La anciana estaba moribunda, los hijos, en diversos lugares, recibieron el llamado de acudir al lecho de su madre. Ellos, ansiosamente se dirigieron a casa de ella, mientras viajaban, rogaban poder llegar a ver a su querida anciana viva todavía, para darle un último abrazo y decirle una última palabra. Al llegar, se reunieron alrededor de su lecho, miraron esas manos gastadas que tanto trabajaron por ellos, y la frente surcada de arrugas mostraba la larga trayectoria dedicada al cuidado y la preocupación de los suyos. En aquellos ojos, casi cerrados, vieron la expresión de cariño y dulzura que había siempre colmado sus vidas. 

Era imposible evitar las lágrimas y el sollozo, inclinándose, el mayor besó la cara de la anciana, diciéndole: "Madre querida, has sido tan buena con nosotros que queremos decirte cuanto te amamos y te agradecemos". Los ojos, casi cerrados, se esforzaron para abrirse, con un rostro iluminado, los labios que habían permanecido inmóviles, pronunciaron sus últimas palabras: "Gracias hijo, me conmueve saberlo, nunca me lo dijiste antes". ¡Cuán importante es expresar nuestro amor, devoción o agradecimiento, ahora!; más tarde puede ser muy tarde.

Apenas seis días antes de la crucifixión, sin imaginarse que era la última semana de Jesús en la tierra, sus discípulos le acompañaron a una cena en Betania, donde había resucitado a Lázaro. Allí estaban Lázaro y sus hermanas María y Marta. María, queriendo demostrar su devoción, amor, agradecimiento y sumisión a Jesús, ungió sus pies con un costoso perfume y los enjugó con sus cabellos (Jn. 12:3). A algunos, incluyendo a Judas Iscariote, les pareció un gasto exagerado e innecesario. Jesús, contemplando el corto tiempo que le quedaba en la tierra dijo: "Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto” (Jn. 12:7). María, de no haber hecho aquello en ese momento, después ya habría sido tarde. Ahora, somos nosotros los que partiremos a la eternidad, no sabemos si nos queda una semana, un mes, un año o quizás tan solo un día, ¿estamos expresando nuestra devoción a Dios y amor a los demás a nuestro alrededor? Más tarde puede ser muy tarde.



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jueves, 17 de marzo de 2016

Relaciones, responsabilidades y paz | RPH 3845

por Cornelio Rivera


El desarrollo de una vida normal se basa en dos cosas íntimamente ligadas: relaciones y responsabilidades. Las relaciones con otros son imposibles de evitar a menos que vivas totalmente aislado de los demás. Es sumamente difícil desenvolverse por sí solo, quizás un ermitaño pueda hacerlo por un tiempo, pero eso es la excepción y no la regla, no lo normal, no lo natural. Cada quien necesita una relación con otros, eso permite llenar nuestras necesidades emocionales, espirituales, materiales, económicas y de cualquier otra índole. Pero cada relación, íntima, cercana, ocasional o distante, conlleva en sí alguna forma de responsabilidad. 

Las responsabilidades derivadas de las relaciones con nuestra familia son obvias y bien conocidas. Pero, también las relaciones con otros miembros de la comunidad representan responsabilidades. Aquel de quien adquieres tus provisiones, tus víveres y cualquier otro producto, espera que cumplas con la responsabilidad de pagarle lo que compras. Si tú eres el que vende los productos a otros, tu responsabilidad es proveerles algo que en realidad represente el precio que te pagan. Como empleado tienes responsabilidad con tu jefe, y si eres jefe no estás exento de obligación para con tus empleados. Como estas, hay una multitud de otras relaciones en las que el aspecto de responsabilidad es una parte íntegral.

Mientras las responsabilidades se cumplen, las relaciones se mantienen saludables y la vida se desarrolla en forma ideal; en paz. Esto debe ser lo normal, sin embargo, la triste realidad es que en muchas relaciones alguien falla en su responsabilidad. Esto da lugar a conflicto, fricción y hasta a un rompimiento de la relación, transformándose en una situación hostil. Falta de paz debido a una relación rota y a la falla en la responsabilidad, es lo que predomina en nuestro mundo a todo nivel: personal, familiar, laboral, escolar, gubernamental, nacional e internacional. 

Aunque nos hemos acostumbrado a vivir en conflicto, eso no debe ser lo normal; eso no es lo que Dios desea. La Biblia promete que: "Hay un final dichoso para el hombre de paz" (Sal. 37:37). Cuando el nacimiento de Jesús fue anunciado a los pastores, la hueste de ángeles proclamó: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres" (Lc. 2:14). Dios desea dar "gloria, honra y paz a todo el que hace lo bueno" (Ro. 2:10). Y la exhortación que se hace en el libro de Romanos es: "Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, estén en paz con todos los hombres" (Ro. 12:18).

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martes, 1 de marzo de 2016

El jefe quiere hablar contigo | RPH 3844

por Cornelio Rivera


Un psicólogo realizó un experimento, para llevarlo a cabo visitó varias empresas y acercándose a algunos empleados les decía: "El jefe quiere hablar contigo". La reacción de las personas era preponderantemente de preocupación. Algunos palidecían, otros se mostraban perturbados y aunque no lo exclamasen verbalmente, sus rostros parecían preguntar: ¿qué habrá sucedido?, ¿qué me querrá decir?, ¿me van a despedir? 

Si has desempeñando tu labor como te han indicado, si has mantenido una buena relación con tu jefe y tus colegas, si has demostrado lealtad y dedicación a la empresa, no hay razón para preocuparte. Pero, si sabes que hay algo por lo que te puedan llamar la atención o aun despedirte, las palabras: "El jefe quiere hablar contigo" pueden hacer sudar tus manos y que tu corazón palpite más rápido. Según una antigua anécdota, algo similar sucedió cuando el canciller fue a entrevistarse con la Reina de Inglaterra. Al llegar el canciller, la Reina le dirigió una mirada que produjo una reacción en aquel hombre que le causó un paro cardíaco y la muerte.

Piensa en esto: si la mirada de una reina puede provocar temor, si saber que el jefe desea hablar contigo puede perturbar tu estado de ánimo y hacer fluir la adrenalina, ¿cómo reaccionarás al estar delante de Dios, el creador del universo, santo, soberano, conocedor de todo detalle de tu vida y poderoso para hacer contigo como Él considere apropiado? ¿Cuál será tu reacción cuando Dios te llame y quiera, por decirlo así, hablar contigo? ¿Cómo te hará sentir su penetrante mirada? ¿Está tu conciencia tranquila con tu relación y responsabilidad para con Él, de manera que si ahora mismo te llamara, tu reacción sería de gozo y no de temor? 

Jesús les dijo a los que verdaderamente creyeron en Él, que al estar ellos de nuevo en su presencia, el corazón de ellos se gozaría (Jn. 16:22). Por otra parte, la Biblia advierte diciendo: "¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31). ¿Sabes lo que te espera, cuando Dios quiera hablar contigo?





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jueves, 11 de febrero de 2016

Viviendo según lo que sabes | RPH 3843

por Cornelio Rivera


Estaba lloviendo, y el joven de diecinueve años sabía que llegaría tarde a la universidad. Apresuradamente, con los libros en una mano, la chaqueta medio puesta y tratando de comerse una rebanada de pan, salió corriendo de su casa diciéndole a su madre: "¡Sí, ya lo sé, no tienes que decírmelo!". Esas fueron las últimas palabras que aquella mujer escuchó de los labios de su hijo. Un poco más tarde, le informaban que su hijo había tenido un accidente automovilístico. Según el reporte, el automóvil corría a excesiva velocidad, en una curva, y con el asfalto bastante resbaladizo, se salió de su carril yendo a pegar de frente con un camión que se aproximaba; la muerte fue instantánea. Comentaba después la madre, que sus últimas palabras a su hijo fueron: "Ten cuidado, no conduzcas tan rápido que está lloviendo". A eso fue a lo que el joven respondió: "¡Sí, ya lo sé, no tienes que decírmelo!". 

Si actuásemos según lo que sabemos, ¡cuán diferentes serían las cosas! Menos accidentes, menos vidas perdidas; mayor dedicación a las cosas importantes. La pobreza, los problemas sociales, la debida crianza de nuestros hijos, la responsabilidad a nuestras familias, la honestidad en lo que hacemos; recibirían mayor atención. Vivir según lo que sabemos, nos permitiría discernir entre lo bueno y lo malo. Pero hay gran incongruencia entre lo que hemos acumulado en la cabeza y la forma en que actuamos. Interesantemente, la Biblia explica que saber hacer lo bueno y no hacerlo es pecado (Stg. 4:17).

¿Qué otras cosas ya sabes, pero que no afectan tu vida? Dice la Biblia que el pecado nos separa de Dios, ¿sabes esto? ¿Afecta esa realidad la forma en que te conduces? Permíteme informarte de otra realidad, dice la Biblia que el “Señor vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan paz y seguridad, vendrá destrucción repentina” (1 Ts. 5:2-3). Saber que en algún momento puede llegar un ladrón a tu casa, te hace adoptar medidas de seguridad. Saber que Jesús puede venir en cualquier momento para ejecutar juicio, ¿no afectará eso tu conducta y tu vivir?


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